Aquellos arboles eran enormes y color rojo, al igual que el pasto donde estaban parados, pero este ambiente cambió de color de un momento a otro, de repente los arboles comenzaron a encogerse y a marchitarse, en el cielo se formaban nubes negras y un enorme grito rodeaba a los tres - ¡TE DIJE AHORA MISMO! – Se escuchó haciendo temblar a Dozeld y escondiéndose detrás de Francesca - ¿Qué fue eso? – Preguntó Francesca mientras se giraba para estar frente a Dozeld – ¡está… molesto! – Dijo mientras cavaba un hoyo y se metía en el - ¡AHORAAA!- Se escuchó otro grito más que hizo retumbar las nubes provocando un enorme trueno – ¡vayan y tranquilícenlo por favor! – Pidió Dozeld con un tono aterrorizado – ¿Nosotros? ¿Y cómo llegamos a él? – Preguntó Sebastián – sigan el olor a cereza verde, cuando vean a Ampolis preguntan por el camino correcto, después verán un trozo de… - Dijo mientras se alejaba por aquél túnel que cavó - ¿olor a cereza? – Preguntó Sebastián – verde… - Agregó Francesca. Los hermanos siguieron su intuición y comenzaron a caminar en línea recta. En el camino un olor llegó a sus narices – huele a…- Dijo Sebastián mientras olfateaba el ambiente – ¡cereza!... Y ¡verde! – Dijo Francesca al reconocer aquel dulce aroma – mira, preguntémosle a aquella persona – Señaló Sebastián y siguieron el camino hasta llegar donde una señora que estaba hincada y casi era tapada por completo por un enorme sombrero de seda blanca – hola, somos… - - Francesca y Sebastián, lo sé – Interrumpió la mujer – ah si… pero, ¿cómo es…?- -muy fácil muchacho, gritas mientras piensas – contestó la señora antes que Sebastián terminara su pregunta y mientras recolectaba frutos que salían de una flor algo extraña, sus pistilos eran largos y dorados y estaba rodeados por pétalos redondeados y espinosos color magenta - ¿cómo es que grito mientras…? - - puedes bajar la voz… – interrumpió nuevamente –…aquí nadie te escucha – dijo la mujer mientras seguía recolectando esos frutos color verde olivo – pero él ni siquiera… - - no su voz bucal niña, sino su voz pensante – dijo la mujer – bueno ¡basta! Queríamos saber… - si lo sé – contestó la mujer mientras recogía la canasta donde puso aquellos frutos y se ponía de pie; se quitó el enorme sombrero y dejó ver su rostro, era hermoso, parecía muñeca de porcelana, literalmente, ya que su piel era blanca como la nieve, sus mejillas rosadas y sus labios rojo carmín, su cabello era como el sol y estaba recogido con una pañoleta verde; puso el sombrero sobre el suelo y colocó la canasta en medio, después se sentó en el suelo y de esta sacó un pastel de cerezas verdes – quedo perfecto – Dijo mientras daba dos pequeños aplausos y sonreía, después sacó de la canasta un plato de plata y colocó una rebanada en el, olió el vapor que salía del pastel y le dio una pequeña y cuidadosa mordida – esta delicioso ¿por qué no lo prueban? – Dijo mientras apuntaba a sus manos, las cuales sin explicarse tenían sosteniendo un plato con una rebanada de aquel pastel – sí que huele riquísimo señora – Dijo Sebastián, abrió la boca y cuando estaba a punto de darle una mordida la señora comentó – espero hayas lavado tu mizón – - ¿mi mizón? – Preguntó – ¿Pero es qué no saben hablar? – Replicó mientras un sonido de campanas se escuchaba – Uy pero qué pronto se va el tiempo y ustedes ni siquiera saben por donde ir y son tan mal educados que no han preguntado mi nombre – Comentó la mujer mientras se ponía de pie y recogía su canasta. Los hermanos se dieron cuenta que el pastel en sus manos había desaparecido – disculpe la grosería pero con todo esto lo olvi… - es el clima – interrumpió a Francesca - ¿el clima, qué tiene que ver con nuestra falta de…? - - con estas nubes negras y los gritos del viejo aquel mis cergoñas dan frutos insípidos – agregó – pero bueno, mi nombre es Ampolis – dijo mientras se ponía nuevamente su enorme sombrero y se hincaba para seguir recolectando frutos. Un enorme trueno sacudió las plantas de la mujer a lo que con voz desesperada dijo – ¡vayan y cálmenlo de una buena vez, por el amor de Dios! Provocará que mis pasteles se inelducen – metiendo unos frutos mal cortados y de manera brusca a la canasta – pero, no sabemos cuál…- - vayan por la izquierda siempre es mejor y más rápido – interrumpió al cuestionamiento de Sebastián. Los hermanos tomaron el camino de la izquierda y siguieron su rumbo, pero un enorme muro los detuvo – ¿y ahora? – Preguntó Sebastián – pues no lo sé, no hay otro lugar por donde podamos pasar – contestó Francesca mientras inspeccionaba aquella pared de madera sólida - ¿Crees que tengamos que regresar hasta con la señora? – Preguntó Sebastián mientras se dejaba caer sobre un viejo tronco para descansar un momento – ¡pero si están más huecos que yo! – Se escuchó una voz - ¿quién dijo eso? – Preguntó Sebastián mientras giraba su cabeza para ver a todos lados – sería más fácil contestar a esa pregunta si te quitaras de encima – contestó mientras Sebastián dio un salto para levantarse de aquel tronco – vaya que así esta mucho mejor – dijo mientras movía las pocas hojas que salían de una sola rama que tenía – no pueden brincar el muro de madera, ni tampoco traspasarlo – dijo con un tono sarcástico – eso lo sabemos, tonto pedazo de árbol – contestó Sebastián con tono molesto - ¡Sebastián!, discúlpelo señor ¿podría decirnos cómo es que podemos pasar del otro lado? – Comentó Francesca - ¡claro mi niña hermosa! en el pedir está el dar – Aventó la indirecta a Sebastián – sólo debes tocar tres veces y muy fuerte – replicó - ¿eso es todo? – Preguntó Sebastián en forma de burla - ¿Qué esperabas, que viniera un hada y con sus polvos mágicos te enviara al otro lado? Eso es tan inmaduro muchacho – soltó una risa burlesca. Francesca tomo mucha fuerza y golpeó aquel muro tres veces y por un instante no pasaba nada pero de repente aquel muro comenzó a doblarse hasta formar un pequeño cubo, dejando descubierto a un hombre bajo, muy delgado con una enorme cabeza y una gran nariz, una vena saltaba en su frente y su piel era roja de todo aquel berrinche que estaba haciendo, encima se cargaba un suéter que lo cubría hasta los talones y en el cuál se veían nubes tan negras como las que en ese momento cubrían al cielo, sus manos eran pequeñas con dedos alargados, los cuales terminaban con unas uñas que más bien parecían garras; estaba sentado sobre un gigantesco caracol azul el cual sólo emitía gemidos y escondía su cabeza dejando al descubierto solamente sus ojos y alrededor de éste habían 7 monos sentados sobre arena y sin dejar de escarbar cada uno un hoyo del cual sacaban monedas de oro, una tras otra.
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